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De apéndices del caos y aprendices caóticos

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Caos

Somos animales extraños los humanos. Vestimos una carcasa de carne, hueso y piel que sostiene y transporta un reactor bioquímico que es una, si no la más, sofisticada creación del universo.

A nosotros, los usuarios finales, todo nos ha sido dado para que parezca fácil: Tan sólo un par de necesidades básicas como comer o hidratarnos que debemos mantener cubiertas para asegurar la supervivencia. Ni de respirar tenemos que preocuparnos, eso lo hacemos sin querer.

Y tan fácil como respirar, como alimentarnos para seguir vivos, es desbaratar todo el trabajo evolutivo de millones de años con un simple pensamiento, una idea, una palabra. Nuestro humor y estado de ánimo condicionan nuestra alimentación y nuestro sueño. ¿Es la tristeza una enfermedad? Lo dejo como pregunta. Se supone que el alma no puede doler y, sin embargo, duele. Aunque no sepamos localizarla.

Somos animales extraños los humanos, dueños y esclavos de la mayor inteligencia conocida. Siempre buscando más allá, con necesidades de Dioses y milagros que justifiquen o den respuesta a lo inexplicable.

Sin duda somos animales extraños, quizás hijos de la serendipia emanada del choque entre partículas, quizás un cálculo perfecto con un resultado imperfecto.

¡Qué extraños somos los humanos!

El alma prendida…

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Tengo el alma prendida, de tus manos,  que tocan las mías, que acarician y llenan de mil dulzuras mi sangre.  Quedaron atrás las nostalgias y la sal; ahora se agotan mis días más rápido de lo que quisiera. Pero estás cerca, no importa la geografía insensata que nos pone a prueba, siempre estás conmigo como las mariposas y el sonido del mar; y yo, envuelta en una brisa templada que me trae el recuerdo de tu aliento cuando lo necesito o me susurra un “te quiero” ( un “te añoro” , un “cuenta conmigo”), te pienso a cada momento y así queda prendida mi alma… de tus manos, que tocan las mías, que acarician y llenan de mil dulzuras mi sangre.

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Me duele el calendario,
llueven gotas del pasado y el poco futuro que queda
desprende un familiar hedor a carne podrida: EGO.

Al mundo le aprietan los zapatos,
huye hacia delante convaleciente de nosotros: PLAGA.

Se sienten extraños los abrazos de esta Musa promíscua.
No sé si soy la causa o el efecto de tantas noches rotas: “PONME OTRA”.

Te quiero…

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…mio y para compartirte. Libre y lluvioso, amargo, lacio, salado y algo azucarado. Para extrañarte y que me consueles. Independiente y detallista, firme y comprensivo. Te quiero en silencio, a gritos, de medio lado y vuelta y media. Sincero y gamberro, con tus principios contra los míos, con besos en la frente y en las orejas.  Te sé en lo alto, junto a los sueños y la memoria; te escucho cerca desde la nuca hasta los dedos de los pies. Te quiero absurdo, triste y sonriente. Te quiero feliz a mi manera, en tu nostálgica libertad y con las alas tibias. Te quiero así sin más, sin deberte nada. 11428731_899750080064066_8191495579559262661_n

Se llena la pista…

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… de nuevos horizontes. Se llena de gente revolucionaria, de objetivos, de voluntades. Y las luces se atenúan y ahora no enfocan a nadie en particular sino a todos en general. Cada uno baila con esa nueva luz propia, lanzándose a una locura de brazos y piernas que se cruzan en todas direcciones.  Se puede apreciar una belleza distinta, los cuerpos irradian alma y regenerada esperanza.

La palabra de moda, la etiqueta nada sutil que empapa la pista, “Cambio“. Sin embargo es más bien un renacer, un  despertar, una liberación progresiva que lo invade todo y se extiende. No como una epidemia, ni como una enfermedad, más bien como la onda expansiva de una explosión profunda del corazón.

Han explotado muchos corazones… pero aún quedan algunos que con pereza, o quizás temerosos de hacer demasiado ruido, se unan a los singulares latidos de la pista.

Que se siga llenado la pista, que la música de conciencias y valores no decaiga.

¿Qué me dices? ¿Tú también bailas, o te vas a quedar mirando? 

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No es una tarta

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No lo es. No puedes pedirme un pedazo, comerlo despacio, poner cara de nada. Pedirme otro pedazo “es que no lo he probado bien”, dar bocados más grandes, saboreando menos y no dejar ni las migas. Pedir más “me he quedado con hambre”, y devorarlo sin mirarme si quiera. Servirte tú mismo un pedazo aún más grande “no te importa ¿verdad?”, y terminarlo antes de que te pueda responder; apartando esta vez los ingredientes que consideras que sobran. Ya sin ganas, con cara de cansado repetir plato, criticar un excesivo dulzor, desmontarlo con el tenedor observando con detenimiento, preguntar la receta, poner cara de poco interés. Dejar en el molde un solo pedazo “lo siento, no me ha gustado demasiado”.

Lo que te ofrezco no es una tarta. Mi ilusión y mis ganas, no son pedazos de tarta. Mi amor tampoco es una tarta, y tú no eres un perfecto gourmet. Mi tiempo no es una tarta. Las ganas que he puesto en esto no son para hacer ninguna tarta. No soy una tarta.

Puedes coger un pedazo del amor que te ofrezco y probarlo. Quizás te permita probar dos pedazos. Pero no vas a probar y probar y tomártelo como un juego, para cuando ya no quede casi nada de mí, decirme que “estaba rico, pero no quiero más, gracias” ; no seas desconsiderado, no seas egoísta, no seas inmaduro. Ten la valentía de rechazar lo que te ofrecen tras el primer bocado, ten el coraje y sé honesto conmigo, contigo y con lo que te ofrezco. 

Y no te confundas; la tarta sigue siendo mía. Agradece que te la di a probar, sé digno del ofrecimiento y no me hagas perder el tiempo si no te convence el primer pedazo que, si tú me preparas una la degustaré con mimo.

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El vecindario

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“Aveces pienso que me hace feliz 
mirar arriba y no pensar en nada 
y respirar profundo como si esta tierra 
no estuviera contaminada” (…) 

Todos tan distintos en este inmenso vecindario, infinito, inabarcable, que nos empeñamos en delimitar. Y aún cuando miro para arriba se me olvida lo efímero de mi propia existencia y me resulta difícil volver a ser consciente de que somos tantos, y hay tanto dentro de cada uno, que es seguro que nos encontremos en algún punto. Y vibremos al encontrarnos, porque dejas en el camino a muchos, los vecinos cambian, se mueven mudan y transforman en otros. Y quedamos muchas veces inmersos en problemas del pasado, que nos parecen los únicos reales… como si la vida se nos escapase entre los dedos mientras tenemos la mirada en un punto que cada vez se aleja más a nuestra espalda. Pero siempre llegan momentos lo suficientemente absurdos, llamativos, nuevos, diferentes a cualquier otro, poblados de pestañas, enredados en una suerte de sábanas piernas manos y morbo. Y el vecindario brilla, en medio de un incomprensible universo, y la parte de nosotros que era estrella se siente completa. Es un instante, lo suficientemente corto, lo suficientemente ilustrado, como para dejarnos con ganas de más. Es un instante que nos devuelve la inspiración y el amor por los detalles, que nos hace sonreír en diferido y llorar en la distancia. Y así lo contaminado que nos rodea es más llevadero, y con nuevas fuerzas luchamos a favor de nuestros principios.  Hay vecinos como estrellas, donde se apaga una se adivinan nuevos brillos y candores.

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